Brackets bajo el sol de Sanxenxo

13 agosto, 2025 Desactivado Por fran

Nunca imaginé que mis vacaciones de verano en Sanxenxo empezarían en una clínica dental. Tenía todo planeado: playa, paseos al atardecer por el puerto deportivo, helados frente al mar… pero mi dentista, antes de que me fuera, me dio una cita para colocarme los brackets Sanxenxo. Y ahí estaba yo, un 10 de agosto, entrando a una consulta mientras fuera brillaba un sol perfecto.

La clínica quedaba a pocas calles de la playa de Silgar. Desde la ventana de la sala de espera se veía el mar, y eso me relajó un poco. La ortodoncista, muy amable, me explicó todo el proceso. Primero, una limpieza a fondo; luego, un secado meticuloso de cada diente para que las piezas se pegaran bien. Me habló de las opciones: brackets metálicos, estéticos… Al final, opté por los metálicos tradicionales. Pensé que, si iba a empezar este viaje dental, sería mejor hacerlo de forma sencilla.

Cuando comenzó a colocar cada bracket, me sorprendió que no doliera. Sentía más bien una ligera presión, y la extraña sensación de tener algo pegado a mis dientes. Después, pasó el arco metálico y lo fijó con ligaduras elásticas. Me dejó elegir el color y, entre tantas opciones, me decidí por un azul marino que me recordaba al Atlántico que me esperaba afuera.

Al salir, la primera parada fue inevitable: un espejo. La imagen me impactó, pero no de forma negativa. Era diferente, sí, pero sabía que esos pequeños hierros me llevarían a la sonrisa que siempre había querido. Eso sí, esa noche descubrí que comer pulpo a feira no sería tan fácil como antes.

Aun así, mis días en Sanxenxo siguieron siendo mágicos. Me adapté rápido: comidas más blandas, cepillo y cera dental siempre a mano, y un poco de cuidado extra con la sal y la arena. Me gustaba pensar que, mientras yo disfrutaba de las olas y las terrazas, mis dientes también estaban trabajando en su propia transformación.

Ahora, cuando recuerdo ese verano, no lo pienso como “el verano de los brackets”, sino como un punto de partida. Entre chapuzones, paseos por Portonovo y sonrisas tímidas, entendí que a veces los cambios más importantes empiezan cuando menos lo esperas… incluso en plenas vacaciones.