El gran desconocido: Por qué lo sé todo sobre el aeropuerto de Lavacolla sin haberlo pisado jamás

25 agosto, 2026 Desactivado Por fran

Vivir en Vigo y tener la necesidad de viajar con regularidad te convierte, casi por obligación, en un estratega de las rutas aéreas del noroeste peninsular. Tenemos el aeropuerto de Peinador prácticamente en casa, ideal para saltos rápidos, y al sur, el gigante de Oporto absorbe casi toda nuestra demanda internacional. Y justo en el centro geográfico de Galicia se alza el aeropuerto de Santiago de Compostela, el Rosalía de Castro, o como todos lo seguimos llamando: Santiago Lavacolla. Resulta casi irónico confesarlo, pero a pesar de vivir a escasa hora y media conduciendo por la AP-9, jamás he puesto un pie en su terminal.

La gran paradoja de esta situación es que, en la teoría, conozco la logística del aeropuerto de Santiago mejor que muchos pasajeros que vuelan desde allí cada mes. Por cuestiones de proyectos, análisis de infraestructuras de transporte y desarrollo de contenidos, me paso la vida revisando accesos y monitorizando al milímetro cómo funcionan los estacionamientos en las principales terminales de la región. Sé exactamente qué empresas operan los parkings en los aledaños de Lavacolla, cómo fluctúan sus tarifas según la temporada y cuáles son los servicios con traslados en minibús más eficientes. Si alguien me pide consejo sobre dónde dejar el coche en Santiago, le puedo trazar un mapa mental perfecto con opciones y tiempos exactos. Y, sin embargo, jamás he impreso una tarjeta de embarque con las siglas SCQ.

¿Cómo se explica esta ausencia física teniendo la infraestructura tan a mano? La respuesta es puramente práctica y mira hacia el sur. Para los que residimos y trabajamos en el área metropolitana de Vigo, el aeropuerto Francisco Sá Carneiro de Oporto actúa como un imán logístico imbatible. La enorme oferta de rutas, sumada a esos aparcamientos low cost periféricos que funcionan como un reloj suizo, hace que rara vez mire hacia el norte al organizar un desplazamiento. La inercia me lleva siempre a cruzar la frontera, buscando esa combinación de eficiencia y comodidad que ya tengo más que dominada.

Así, el aeropuerto de Santiago se ha convertido para mí en una especie de «aeropuerto fantasma». Una infraestructura enorme y vital para Galicia que, sin embargo, en mi día a día solo existe en forma de datos, análisis de plataformas y comparativas de precios de parking en mi pantalla. A veces me resulta extraño pensar que es un lugar físico y real. Me imagino cómo será el ambiente en sus mostradores, el contraste entre pasajeros de negocios y los peregrinos con sus mochilas que acaban de terminar el Camino, o el tráfico en esos mismos accesos que tantas veces he estudiado sobre el mapa.

Quizá algún día una combinación de horarios, o una ruta específica inalcanzable desde Oporto, me obligue a conducir hacia el norte y aparcar, por fin, en una de esas plazas que tantas veces he analizado en la teoría. Hasta que llegue ese momento, Lavacolla seguirá siendo mi mayor especialidad a distancia: el aeropuerto que domino a la perfección desde mi mesa en Vigo, pero cuyas puertas de embarque nunca he cruzado.